martes, 7 de noviembre de 2017

ENTREVISTA A FOSFORITO

Por Rafael Guisado y José Francisco López

Estuvimos con Antonio Fernández Díaz, Fosforito, la noche en que se le entregaba el galardón “Verde que te quiero verde”, en el marco de la XV edición del Festival “Al Gurugú” memorial Niña de los Peines. En un camerino del Teatro Municipal de Arahal fue desgranando palabras, frases, vivencias, sentimientos, anécdotas… Le brillaban los ojos, tenían una mirada profunda, humilde, un iris de infinita sabiduría flamenca… 

Foto con el maestro Fosforito en una edición anterior de "Al Gurugú"


Empezamos hablando de una de sus facetas menos conocidas, la de escritor, la de letrista…

Yo pertenezco a autores desde el año cincuenta y algo, hace mucho tiempo que no escribo, pero a mí me ha cantado mucha gente: Pepe Pinto, Juan Valderrama, Chiquetete, Carmen Linares, Camarón, mucha gente, aunque normalmente yo escribo para mí.  

Es lo que suelen hacer los escritores, escriben para uno mismo, y después…

Normalmente yo escribo para mí,  cuando he tenido la necesidad de una grabación…, yo grabé con Paco de Lucía una antología de 48 cantes, pues hubo algún poeta como Antonio Murciano que me dice mira aquí tienes, y hay otros poetas que te mandan cosas pero no son fáciles de cantar porque hay mucha gente que escribe bien pero con la métrica exacta que tú dominas en un cante por soleá con las sílabas perfectas,  con las vocales que son las que se acentúan normalmente en los cantes… bueno lo mío es cantar, lo otro es una cosa… pero yo nunca he presumido de esas cosas, yo soy un cantaor que además escribo cosas. Félix Grande me echa piropos, en su último libro publica algunas letras mías; Luis Rosales, el poeta, también publica letras mías. Ya desde el primer libro que escribió Félix Grande de “Historia del Flamenco” publica letras mías…

Y en cuanto al cante, ¿cómo lo vemos ahora?

Sabes yo ya no canto hace 10 años…

pero las conferencias ilustradas últimas eran maravillosas, hace unos 10 años que estuvo por aquí con una de ellas…

Sí, me presentó Manuel Bohórquez, no me acuerdo ni el guitarrista que era, puede ser Antonio Soto, puede hacer ocho o nueve años.

Y además cantó usted bastante bien aquella noche, y esas conferencias ilustradas gustaban muchísimo…

Si han pasado 10 años yo ya tenía 74. Ahora todavía me siguen ofreciendo cosas pero yo tengo el suficiente sentido común para no aceptarlas. Me ofrecen el Teatro de Nimes en Francia, pero yo no tengo la voz…, porque la voz de cantar cuando se deja de cantar después de 70 años de artisteo, pues estos músculos cuando no se ejercitan se atrofian, pierden calidad. Yo conozco la técnica de la foniatría por las veces que he ido a reciclarme y me pongo al día pero es un sacrificio que no vale la pena. Yo no tengo fuerzas para estar en el escenario una hora cantando, que es lo menos que puedes hacer en una actuación, es lo menos que exigen de ti. Pues no. Sin embargo anoche estuve en Córdoba dónde representaron una obra sobre mí, con un cantaor de mi pueblo, David Pino. Resuelta que el Ayuntamiento de Córdoba le pidió a las peñas que colaborarán con la noche blanca del flamenco y una peña le dio cobijo a un cantaor de mi pueblo, David Pino, que ha preparado un espectáculo de más de una hora de Fosforito, una biografía, pero de una manera muy bonita; había un actor que hacía de Fosforito, que contaba cosas que yo las he contado en otro momento en revistas en entrevistas que me habían hecho; había un cantaor joven que hacía de Fosforito de los años 60, 70 y luego han puesto a una bailaora a la que yo le cante mucho que es Manuela Vargas con la que actué en Nueva York, hice muchos países con ella, le cantaba la petenera, le cantaba cosas; y luego había un cante que sonaba, este actor que hacía de cantaor como si fuera yo…; estuvo muy bonito, me sorprendió, estuvo muy bien, en estas cosas pues hay que estar.

¿Cómo lleva usted ser la llave de oro del cante?

La llave de oro es una cosa que no depende de ti, a esto no se oposita, no hay oposiciones para la llave de oro sino que alguien por encima de ti te señala. Tú sabes cómo se dieron las demás llaves, hubo una fiesta no sé cuándo en Málaga y alguien dijo: tú eres el mejor del mundo y le dieron la llave de la plaza de toros al Nitri. A los muchos años se organiza, en desagravio porque a Escacena le habían dado en el Teatro Pavón de Madrid el premio no sé qué de Pavón, y se la dan a Vallejo a pesar de que en el escenario de esa foto única está La Niña de los Peines, está Manuel Torre, está la crema de la crema, está esa gente que da nombre a esta época dorada del cante, vale. Mairena… tú sabes que se hizo una gala a medida de Mairena, no fue un concurso ni mucho menos, eso era la apariencia, pero ahí todo el mundo había cobrado por la mañana y Mairena también las 100.000 pesetas de aquel tiempo, que no era mal dinero. Lo de Camarón póstumo… yo ahí no tengo ni comentario, a título póstumo también se lo podían haber dado a La Niña de los Peines o a Enrique El Mellizo o a quién sabe Dios… y esta vez para que no ocurrieran este tipo de cosas…, porque ya se venía mucho tiempo diciendo en los congresos y yo siempre me negué, primero por el cariño que yo le tenía a Antonio, la admiración, el afecto, me parecía como un agravio y nunca acepté. Pero entonces siendo presidente de la Diputación de Málaga Salvador Pendón, el hombre promovió de una manera… implicando universidades, conservatorios, peñas, entonces lo que se llama por consenso y me la ofrecen y yo qué voy a decir… eso lo que significa es el símbolo, la llave no abre ningún Mercedes, la llave no abre ningún apartamento en la playa, es un símbolo lo que representa, el reconocimiento, pero que tiene un valor como tienen tantas cosas, porque yo tengo la medalla de oro de las Bellas Artes, a mí me nombraron profesor de la Universidad de Alcalá de Henares, yo tengo premios que tienen un valor, pero esto no se valora así, lo de esta noche o un emblema de la Peña tiene el mismo valor porque ahí está el afecto, está el reconocimiento, porque no es otra cosa. A mí me dan la llave con setenta y pico de años, dónde si la llave hubiera sido una pensión vitalicia todavía tendría sentido, no es mi caso, pero podría haberse dado el caso y que le den la llave a un tío que se muriera de hambre, por ejemplo, porque un cantaor con 74 años poco va a cantar por decirte algo, pero bueno es lo que es, entonces el agradecimiento naturalmente a la gente pero ese agradecimiento, ese afecto también lo siento yo por la gente aunque lo que te den sea tan humilde, que nunca es humilde, porque en ello va el corazón.

Yo creo que con su manera de cantar siempre ha habido mucho consenso en líneas generales. Entre los aficionados siempre he visto mucho consenso porque siempre ha hecho los cantes suyos, los ha hecho de una manera muy personal, hay que tener, como decía Valderrama, sello aunque sea de correos…

Yo tengo la petenera de oro de Paterna de Rivera de los años cincuenta y tantos, la Saeta de oro de la Hermandad de San Bernardo de Sevilla, yo que sé, no tengo memoria porque los aficionados han estado ahí, a mí me dieron la Antorcha de Oro en Mairena en los años 70, pero antes me habían dado no sé qué del Ayuntamiento en Mairena,  quiero decirte que yo no puedo quejarme, la manera mía de ser, lo que yo he ofrecido ha sido del agrado de mucha gente y ese reconocimiento lo tengo que agradecer. Te cuento una anécdota, como tú sabes yo soy de Puente Genil, pero vivo en Málaga, mi mujer es de Málaga, mis niños, mis nietos son de Málaga, vale. Pues me llama un director de la radio popular de la Cadena COPE, y me dice mira qué tienes que venir que te han concedido un premio por votación popular, es un premio que se llama “más”, al más creativo,  al más no sé qué, al más de moda, historias de esas. Bueno pues a mí me dieron el premio al “más malagueño”, pero vamos a ver, el hombre dijo: “bien, él vive en Málaga pero es de Puente Genil, lo sabemos todos”. Esto pasó el año pasado y, además, en los apartados que había, en mi apartado estaba una cofradía, una que llaman el chiquito del Perchel y una poetisa de mi edad o mayor que se llama María Victoria Atencia, con una fama universal, bueno, pues me han votado, se acabó, pues eso es conmovedor, que se acuerden, es porque has ido sembrando alegría a la gente.

Y aquellos principios, porque usted empezó siendo chavalito, serían unos años muy duros…

Yo viví la guerra, en el año 39 ya estaba yo cantando, en el año cuarenta, cuando las perras gordas de cobre, bueno yo es que nací en el 32 y la guerra terminó en el 39, cuando terminó yo tenía siete años, todas las fatigas y el miedo y todos los horrores que puedan pasar los viví yo…

Y dentro de ese periplo y de la cantidad de artistas que usted ha conocido, ¿de quién ha aprendido más?

De todo el mundo. Mira cuando yo empezaba, cuando la feria de ganado, porque la feria de ganado era un sitio donde tú sabes que el trato se terminaba y se dan la mano y después las copas y allí estaba yo. Estaba yo y estaba Carlos el del Saucejo y estaba Salvador Vera y no sé cuántos de mi edad más o menos, entonces… en la vida yo he conocido a Tomás Pavón, yo he conocido a Vallejo, he compartido camerino con Pastora, porque Valderrama compartía con Dolores, Pepe Pinto conmigo y Pastora. Que Pastora además era de aquí ¿lo sabéis? Pues Pepe Pinto que tenía adoración con ella aunque la tournée durará seis meses o un año alquilaba un taxi, el tío iba en un taxi de Sevilla por las tournées. Bueno, quiero decirte que he conocido a muchísima gente y de todos he aprendido, lo que pasa es que yo a los cantaores los respeto, pero como cante a mí lo que me interesa es lo que dan a entender, no ellos, los cantaores no, porque me interesaba lo que cantaban, las formas no, las formas las pongo yo, por eso yo soy yo, Pastora es Pastora… yo no quiero imitar a Pastora, yo no quiero imitar a Juan Varea ni a Aurelio, me  importa cómo hace la Alegría, me interesa el fondo de ese cante, la forma la pongo yo.

Para ir finalizando y cambiando de tema, siendo pequeño vi una foto en una revista donde se ve su casamiento y donde esta de padrino Edgar Neville, director de cine y Rocío Durcal. ¿Fue verdaderamente su padrino Edgar Neville?

La boda fue en el año 64, pero como yo estaba en Madrid desde el 57… Él era un dramaturgo, director de cine, era un fenómeno y ella era discípula mía porque tanto a ella como a Marisol yo les daba clase. Entonces, cuando decidimos casarnos, se lo dijimos a Rocío y ella encantada. Rocío era un año mayor que mi mujer, Rocío tenía 19 años y mi mujer tenía 18 cuando nos casamos. Y Edgar Neville  era un aficionado de oro puro, el hizo la “Historia del Flamenco” donde está Pilar López, está Antonio el bailarín, Mairena que suena pero no se ve,  bueno pues como éramos amigos y él iba a verme casi todos los días… Apareció la novia con un Rolls Royce que tenía el tío que vivía en Marbella. La novia se bajó en Santo Domingo del barrio del Perchel Popular, la gente, los gitanos, la que se formó en la iglesia…se rompían los bancos porque era un barrio popular y el personal iba a ver Rocío por sus películas…

Para finalizar, ¿qué opinión tiene de lo que ha significado ese nuevo flamenco y esa innovación que ha querido hacer Morente?


Cada uno es libre, yo no tengo nada ni con los modernos ni con los puristas. Un purista es un aficionado que le gusta la tradición, entonces cuando alguien está dentro y conoce los cantes y de pronto hace una cosa nueva bien hecha y si prende… pero verás tú, yo respeto a todo el mundo, lo que pasa es que siempre que no pierda el gustito, que no pierda el sabor de la tradición, si no pierde el gustito y está bien hecho… Pero si me dan a elegir, yo respeto a todo el mundo pero yo prefiero a Antonio Mairena, prefiero a Caracol…

sábado, 18 de marzo de 2017

HOMENAJE A MORENTE



Con su permiso maestro un poquito por soleá:
Del Albaicín una estrella
se hizo garganta jonda
para cantarle a la tierra”.

Ay Morente, Enrique del conocimiento, si bebiste en un caudal de fuentes granaínas, con el Darro y el Genil suspirando la brisa profunda de un Guadalquivir moruno. Si tu mundo era la Alhambra y Cobito y Juanillo el gitano y siempre la cercanía de los Habichuela, porque
Yo tenía una bandera
con un letrero que dice
que vivan los Habichuela”.

Te marchaste del Albaicín, Enrique el Granaíno, para cantarle a la tierra, y tus quejíos fueron gritos de caravanas errantes, el llanto y la alegría milenaria del conocimiento se enredaron en tu garganta. Porque fuiste alfa y omega del cante, pero para ser omega hay que tener mucho conocimiento, mucha afición. Nadie inventa sobre la nada, nadie renueva sobre el vacío y el silencio, y tú llevabas “prendía” la sabiduría de todos los ancestros del cante, por eso pudiste buscar nuevas formas de expresión, por eso y porque tu talento, tu inquietud y tu genialidad desbordaban los caminos del cante buscando senderos y encuentros.  Y así prendiste los corazones. Grito milenario fundido en metales de los pozos más jondos del cante, que volaron hacia el universo buscando crepúsculos y estrellas. 
Ay amigo Enrique, “Si yo encontrara la estrella que en el camino me alumbrara…” Pero como una estrella fugaz te apagaste un día y nos dejaste huérfanos de sabiduría, de alma creativa, la de todos los poetas del mundo, los que cantaste y los que te inspiraron. Te fuiste.
Tu eco encendió la llama de la vida, prendieron las candilejas del cante y se iluminaron las estrellas, todas la del firmamento, todas. Te fuiste pero te quedaste. Como bien dijiste en aquella petenera:
Estrella de fuego fuiste
que en mi corazón entraste,
dejaste prendío el fuego
y luego te retiraste
JOSÉ FRANCISCO LÓPEZ

domingo, 28 de diciembre de 2014

RECOGIDA PRIMER PREMIO LETRAS FLAMENCAS HIJOS ALMACHAR

Acto de Entrega del Primer Premio del XXVIII Concurso Internacional de Letras Flamencas de la Asociación Andaluza Hijos de Almachar en Barakaldo, en el que también se me otorgó el premio al mejor verdial, premio a la mejor malagueña y premio a la mejor bulería.






viernes, 21 de noviembre de 2014

NUEVO PREMIO DE LETRAS FLAMENCAS

Permitidme compartir con vosotros la alegría que me inunda. Me acaban de comunicar que he obtenido el Primer Premio del XXVIII Concurso Internacional de Letras Flamencas de la Asociación Andaluza Hijos de Almachar de Barakaldo. Además, también he ganado el premio al mejor verdial, el premio a la mejor malagueña y el premio a la mejor bulería. 
Sé que os alegraréis conmigo.

jueves, 30 de octubre de 2014

ANÉCDOTAS FLAMENCAS II

José Francisco López

Retomamos las anécdotas flamencas con el mismo ánimo del número anterior de nuestra revista, es decir, siendo conscientes que la tradición oral ha podido variar elementos sustanciales de estas anécdotas. Pero como he dicho otras veces, sean más o menos ciertas, más o menos exactas, reflejan, en casi todos los casos, una manera de entender el Flamenco, la Música, la vida en general. No cabe la menor duda que son un elemento sustancial para el conocimiento de épocas, maneras de sentir y, en definitiva, maneras de vivir…

Esa manera de vivir, de ser, es lo que se descubre al conocer que la genial Carmen Amaya tenía una generosidad sin límites. Decía en una entrevista periodística: "No; de verdad que no he manejado nunca plata; me estorba, y no creo que se haya dado el llegar a casa a acostarme con dinero encima. Hay muchas desgracias por el mundo, y si por casualidad lo tengo, al primero que me lo pide se lo doy, o si no me lo pide nadie, pago por un paquete de cigarrillos diez veces más de lo que vale, pero ya me voy sin la preocupación de tener ni una perra chica encima y me duermo a gusto".

En otra ocasión le preguntaron sobre la fama:

- “­Carmen, ¿qué dices tú al sentirte tan famosa?
- “­Mira, a mí lo que me interesa es lo feliz soy con mi marido y un tomate recién sacado de un huerto. Yo con eso me conformo”.


Manuel Barrios ha contado que en casa de Manuel Torre ocurría, cada noche, algo sorprendente, y es que las vecinas esperaban hasta que Manuel llegaba “a las tantas” de trabajar, porque les susurraba la nana a sus niños y ellas esperaban para escucharlo.

Relacionado con Manuel Torre es el delicioso pasaje del libro de memorias “La arboleda perdida” de Rafael Alberti, donde nos cuenta como en una fiesta en la residencia de Ignacio Sánchez Mejías en Pino Montano llegaron el guitarrista “Manuel Huelva, acompañado por Manuel Torres, el Niño de Jerez, uno de los genios más grandes del cante jondo. Después de unas cuantas rondas de manzanilla, el gitano comenzó a cantar, sobrecogiéndonos a todos, agarrándonos por la garganta con su voz, sus gestos y las palabras de sus coplas. Parecía un bronco animal herido, un terrible pozo de angustias. Mas, a pesar de su honda voz, lo verdaderamente sorprendente eran sus palabras: versos raros de soleares y siguiriyas, conceptos complicados, arabescos difíciles.
–¿De dónde sacas esas letras? –se le preguntó.
–Unas me las invento, otras las busco.
–A propósito –dijo entonces Ignacio–. ¿Por qué no cantas eso que tú llamas “las placas de Egito”?
Sin casi dejarnos tiempo a la sorpresa ante tan peregrino título, Manuel Torres se arrancó un extraño cante, creado totalmente por él. Al acabar, después de un breve silencio estremecido, le rogamos nos explicase cómo había llegado a ocurrírsele aquello.
El gitano, seria y sencillamente, nos contó:
–Una noche me llamaron unos señores amigos. Fui. Por más que se bebió y me jalearon, yo no estaba esa noche para cante. Lo poco que hice, lo hice mal. No me salía. La voz no se me daba. Me tuve que marchar muy triste y preocupado. Anduve solo por las calles, sin saber qué hacía. Al pasar por la Alameda de Hércules, me paré ante un kiosco de la feria a escuchar un gramófono. Las placas daban vueltas y vueltas cantando yo no sé qué historia del rey Faraón. Seguí para mi casa con todo aquello en la cabeza. Cuando ya iba pasando por el puente de Triana, se me aclaró la voz de pronto y empecé a cantar eso que acaban de oír ustedes: “Las placas de Egito.”
Nos quedamos atónitos, y más, comprendiendo que lo que el genial cantaor había escuchado en la feria eran seguramente –e Ignacio nos lo corroboró después– algunos discos, que por entonces muchas gentes los llamaban placas, de “La corte de Faraón”, divertida zarzuela, famosísima en toda España. Y aquello que todos pensamos, lógicamente, serían las plagas de Egipto para Manuel Torres fueron las placas, llegando así el gitano por ese camino de lo popular, compuesto a veces de ignorancias o fallas de la memoria, a su rara y magnífica creación: una nueva copla de cante jondo, sin sombra ya de tan absurdo modelo.
Manuel Torres no sabía leer ni escribir; sólo cantar. Pero, eso sí, su conciencia de cantaor era admirable. Aquella misma noche, y con seguridad y sabiduría semejantes a las que un Góngora o un Mallarmé hubieran demostrado al hablar de su estética, nos confesó a su modo que no se dejaba ir por lo corriente, lo demasiado desconocido, lo trillado por todos, resumiendo al fin su pensamiento con estas magistrales palabras: “En el cante jondo –susurró, las manos duras, de madera, sobre las rodillas– lo que hay que buscar siempre, hasta encontrarlo, es el tronco negro de Faraón”.
García Lorca, otro de los asistentes a aquella fiesta rememorada por Rafael Alberti, escribió en sus “Viñetas flamencas” de “Poema del cante jondo” la siguiente dedicatoria:
A Manuel Torres, Niño de Jerez, que tiene tronco de Faraón.

A continuación referiremos la siguiente anécdota, que comentó en una conferencia nuestro querido Félix Grande, y que tiene como protagonistas a varios de los mejores guitarristas de la historia del flamenco, y que decía más o menos así: "Hace años, Sabicas ofreció una actuación en Madrid. Y unos días después, Manolo Sanlúcar. Éste, que vio que Paco de Lucía estaba en la segunda o tercera fila, se dirigió al público y pidió un aplauso para “el más grande guitarrista de la historia”, que está entre nosotros. Después, estaba en una taberna cercana el propio Paco de Lucía con los también grandísimos guitarristas Pepe y Juan Habichuela, Serranito y el marido de Manuela Carrasco, cuando llegó Manolo Sanlúcar. Paco le dijo:

- Ha pasado una cosa muy grave. En una fila del final, estaba el maestro Sabicas.

 Manolo Sanlúcar se puso blanco. A la mañana siguiente, cuando se levantó, buscó una floristería en Madrid, donde estaba todo cerrado, y le envió un ramo de flores a Sabicas con la siguiente nota: “Perdone, usted, maestro”.

Algunos artistas han acabado en la cárcel o ante un juez por razones curiosas. Antonio el bailarín, en su libro “Mi diario en la cárcel”, recueda una condena por blasfemia que le llevó a la cárcel. Eran los últimos años del franquismo cuando el bailarín rodaba en la plaza de Arcos de la Frontera El sombrero de tres picos, bajo la dirección de Valerio Lazarov. En un momento dado lanzó una exclamación que un cabo de la Policía Municipal juzgó irreverente. Fue juzgado y encarcelado por blasfemia y escándalo público.

A José Domínguez, El Cabrero, también lo condenaron por blasfemar. Así lo cuenta Félix grande en su “Agenda Flamenca”: “El Cabrero cantaba en Alcolea, un pueblo cordobés, tras una discusión de carácter familiar, el cantaor tuvo un fallo de voz y una pequeña parte del público comenzó a berrear, en alusión a su condición de pastor de cabras. El Cabrero, en estado de gran excitación nerviosa, abandonó el escenario con la frase ¡me c… en Dios!, habitual en el mundo rústico en que se desenvuelve. El Cabrero fue procesado y condenado por el juzgado de instrucción a cinco meses de prisión. Sus abogados consiguieron reducir a dos meses esa sentencia.”





Cuentan que en otra ocasión el cantaor Ignacio Espeleta, del que se dice que era un poco vago y también muy gracioso, fue detenido por la policía. Ocurrió que el cantaor todas las tardes iba después de comer a una plaza cerca de su casa. Se sentaba y echaba la siesta. Una vez hubo unas huelgas con obreros pidiendo la jornada de trabajo de ocho horas. La policía hizo una batida y en una de ésas, Ignacio, que era conocidísimo en Cádiz, y estaba por allí acabó pillado y en comisaría. El inspector fue tomando declaración uno a uno, y cuando llega a él, le dice:

- “Pero hombre, don Ignacio, ¿de modo que usted también pide las ocho horas de trabajo?”

- “Pero ¿qué está usted hablando, ocho horas de trabajo? Yo, ni dos minutos”, respondió Ignacio.


Félix Grande me contó que presenció una especie de duelo flamenco entre un Camarón en plenitud y un Caracol, ya mayor, en la Venta Vargas. A mí me lo contó en Arahal, en el transcurso de una comida cuando vino a recoger el galardón “Verde que que quiero verde” en el V Memorial Niña de los Peines “Al Gurugú” en junio de 2006, aunque me consta que la ha referido en otras ocasiones, de hecho voy a reproducir la anécdota tal y como la cuenta literalmente Carlos Lencero, en su libro “Sobre Camarón. La leyenda del cantaor solitario”.  El origen de la historia se remontaba muchos años atrás cuando Camarón, siendo un niño todavía, le cantó al maestro Manolo Caracol en la Venta Vargas, y parece que el genio sevillano comentó simplemente “no está mal”, sin darle más importancia. Parece que Camarón lo guardó siempre en su alma como una especie de afrenta, que muchos años después quedó saldada. Carlos Lencero lo cuenta así:
“Félix Grande, en un largo artículo que escribió tras la muerte de José, cuenta una anécdota en la que creo dice no haber estado él presente, pero que le fue narrada por un espectador fiable.
La anécdota, contada un poco libremente y dándole unos ligeros toques narrativos, podría inaugurar un nuevo género cinematográfico: el western flamenco.
Es de noche cerrada. Sin luna. Una venta en el campo, alejada de la ciudad. Unas chumberas. En el amarradero, un bonito cartujano. Una voz y una guitarra surgen desde el interior de la venta. Una reluciente Harley Davidson, niquelada y silenciosa como la muerte, se detiene frente a la venta. El hombre que la conduce piensa que sólo Manolo Caracol puede estar haciendo aquello con el cante.
Sentado de espaldas a la puerta, un codo en la mesa, una copa de cazalla en la mano, la otra divagando por el espacio infinito, Caracol canta por fandangos. Es fácil reconocer el tono de la guitarra: el cuatro por medio. El cuatro por medio era el tono natural de Camarón y en la guitarra se corresponde con el do sostenido modal.
Las puertas abatibles de la venta se abren y un hombre joven, vestido de cuero negro con chapeados de níquel en la chupa, botos jerezanos negros, gafas negras y pelo rubio, aparece en escena. Se adelanta unos pasos y se coloca en un segundo plano, entre Caracol y el guitarrista. Cuando Caracol remata su fandango, el joven rubio le indica al tocaor que ponga la cejilla en el cinco por medio. Caracol vuelve un poco la cabeza, lo mira, y lo reconoce:

-¿Qué pasa, Camarón?
-Nada, maestro. Pasaba por aquí, le escuché y me tuve que parar. Además, la verdad, tenía ganas de cantar un rato.

Camarón cantó al cinco por medio y el silencio se espesó como la nata. Caracol remató la cazalla. Y pidió otra. Mientras se la servían, dijo: Ponla al seis por medio, muchacho. El guitarrista puso cara de estúpido. Camarón sonrió. Caracol arrancó muy fuerte y llegó justo al remate con las manos cerradas. Y dijo:

-¿Tú quieres tomar algo, José?
-Gracias, maestro. Pero no. Y tú, ponla al siete por arriba.

Caracol se aflojó el pañuelo florido que llevaba en el cuello. Mientras José cantaba, cerró los ojos. Vio al niño rubio, canijo, blanco, insignificante. Se vio a sí mismo, un rey viejo y borracho. Y escuchó:

En mi mente,
el orgullo y el querer
se pelean en mi mente;
una guerra sin cuartel
donde no existe la muerte;
sólo existe una mujer
            ANTONIO SÁNCHEZ PECINO

El silencio, ahora, se podía cortar con un cuchillo como se corta un queso de bola. Caracol se puso en pie, apretó los puños y salió a la arena del siete por medio:

Que me costó un dineral,
yo tenía un caballo bayo
que me costó un dineral,
y ahorita lo ando vendiendo
por lo que me quieran dar.
¡Esa es la pena que tengo!
            POPULAR

Y cayó reventado en la silla. Las venas del cuello y de la frente como enormes espaguetis azules. Sin aire. Casi sin vida, levantó la copa de cazalla al aire con la grandeza y el misterio de los perdedores. Y luego, siguiendo su costumbre, atornilló el aguardiente de un trago.
Antes de que pudiera dejar la copa sobre la mesa, Camarón dijo:

-Ahora le voy a cantar un fandango, que se lo dedico yo a usted... Pon la cejilla en el ocho, tío. Por Huelva.

María Picardo lloraba en un rincón de la cocina. No había querido verlo. Oírlo solamente ya le hacía llorar. Ella y Juan Vargas sabían, desde que vieron aparecer a Camarón, que la sangre de la música iba a brillar para siempre chorreando en las paredes de la Venta.

Malpago,
adiós, calle del Malpago,
cuántos paseos me debes,
cuántas veces me han tapao
la sombra de tus paredes,
las tejas de tus tejaos.
            POPULAR

Camarón apoyó una mano en un hombro de Caracol y le apretó suavemente. Luego, despacio, muy despacio, el hombre vestido de negro desapareció tal y como había venido.”

lunes, 23 de diciembre de 2013

ANÉCDOTAS FLAMENCAS I



ANÉCDOTAS FLAMENCAS I

El pasado curso escolar 2012-2013 tuve la suerte de colaborar con un programa flamenco en Radio Paz, la radio del CEIP Manuel Sánchez Alonso de Arahal. Realicé veinte guiones, y en la estructura del programa semanal siempre terminábamos con un “Cajón de sastre”, donde comentábamos algunas anécdotas de los artistas de los que hablábamos en el programa. Así tuve la oportunidad de acercarme a muchas anécdotas flamencas, algunas las conocía y otras no. Por otra parte tampoco tengo muy claro que sean totalmente ciertas. Posiblemente la tradición oral haya añadido o quitado elementos sustanciales de esas anécdotas. Sea como fuere yo las cuento como me llegan, sean más o menos ciertas, algo que por otra parte me da exactamente igual. No busco la exactitud ni la ciencia en estas pequeñas historias, que por otra parte pueden reflejar un sentir, una manera de ser, una forma de entender la vida en muchos casos.  En definitiva busco tanto el arte o la gracia como aquellas anécdotas que han formado la intrahistoria flamenca.

Algunas de estas anécdotas han pasado a la historia del flamenco, otras, sin embargo son menos conocidas. Entre las primeras está la que relata Federico García Lorca en su “Teoría y juego del duende” sobre la Niña de los Peines y que dice literalmente: “Una vez, la "cantaora" andaluza Pastora Pavón, La Niña de los Peines, sombrío genio hispánico, equivalente en capacidad de fantasía a Goya o a Rafael el Gallo, cantaba en una tabernilla de Cádiz. Jugaba con su voz de sombra, con su voz de estaño fundido, con su voz cubierta de musgo, y se la enredaba en la cabellera o la mojaba en manzanilla o la perdía por unos jarales oscuros y lejanísimos. Pero nada; era inútil. Los oyentes permanecían callados.
Allí estaba Ignacio Espeleta, hermoso como una tortuga romana, a quien preguntaron una vez: "¿Cómo no trabajas?"; y él, con una sonrisa digna de Argantonio, respondió: "¿Cómo voy a trabajar, si soy de Cádiz?"
Allí estaba Eloísa, la caliente aristócrata, ramera de Sevilla, descendiente directa de Soledad Vargas, que en el treinta no se quiso casar con un Rothschild porque no la igualaba en sangre. Allí estaban los Floridas, que la gente cree carniceros, pero que en realidad son sacerdotes milenarios que siguen sacrificando toros a Gerión, y en un ángulo, el imponente ganadero don Pablo Murube, con aire de máscara cretense. Pastora Pavón terminó de cantar en medio del silencio. Solo, y con sarcasmo, un hombre pequeñito, de esos hombrines bailarines que salen, de pronto, de las botellas de aguardiente, dijo con voz muy baja: "¡Viva París!", como diciendo. "Aquí no nos importan las facultades, ni la técnica, ni la maestría. Nos importa otra cosa."
Entonces La Nina de los Peines se levantó como una loca, tronchada igual que una llorona medieval, y se bebió de un trago un gran vaso de cazalla como fuego, y se sentó a cantar sin voz, sin aliento, sin matices, con la garganta abrasada, pero... con duende. Había logrado matar todo el andamiaje de la canción para dejar paso a un duende furioso y abrasador, amigo de vientos cargados de arena, que hacía que los oyentes se rasgaran los trajes casi con el mismo ritmo con que se los rompen los negros antillanos del rito, apelotonados ante la imagen de Santa Bárbara.
La Niña de los Peines tuvo que desgarrar su voz porque sabía que la estaba oyendo gente exquisita que no pedía formas, sino tuétano de formas, música pura con el cuerpo sucinto para poder mantenerse en el aire. Se tuvo que empobrecer de facultades y de seguridades; es decir, tuvo que alejar a su musa y quedarse desamparada, que su duende viniera y se dignara luchar a brazo partido. ¡Y como cantó! Su voz ya no jugaba, su voz era un chorro de sangre digna por su dolor y su sinceridad, y se abría como una mano de diez dedos por los pies clavados, pero llenos de borrasca, de un Cristo de Juan de Juni…
Pastora nunca reconoció que esa historia fuese cierta, de hecho decía: “Ni aquello ocurrió nunca, ni yo he tomado en mi vida un vaso de aguardiente”, pero ha quedado para la historia flamenca.


   Otra anécdota con mucha gracia era aquello que contaba Fernando el de Triana, que tenía un compañero llamado Manolito el de Jerez que era tan tacaño que no daba ni la hora. Relata, que en cierta ocasión  solicitó que le dijera la hora para poder poner su reloj en la hora correcta, pues se le había parado.

Manolito el de Jerez sacó su magnífico reloj de 18 quilates, lo miró y lo volvió a introducir en su bolsillo sin decir ni media palabra.
Fernando con el reloj parado en su mano volvió a preguntar; "¿Pero qué hora es, Manolo?"
A lo que Manolo respondió; "¿Qué hora es?, lo menos te crees tú, ni nadie, que yo me he gastao sesenta duros en mi reloj pa que sepa ca uno la hora que es..."
Así que era tan tacaño que no daba ni la hora.


Cádiz ha dado anécdotas con mucha gracia, y cantaores que las han contado de manera magistral.

El cantaor Beni de Cádiz contaba: “Un día caminaba por las calles de Cádiz con el Cojo Peroche, cuando de pronto nos paramos ante la casa de Pemán y le dije:
- Cojo, mira lo que dice ahí: Aquí nació el ilustre gaditano José María Pemán. ¿Qué pondrán de mí en mi casa cuando yo me muera?
 A lo que el Cojo Peroche respondió sin dudarlo:
-Se vende, Beni, se vende”.


Pericón fue un gran fabulador. Disfrazándolas de anécdotas livianas, Pericón entraba con total naturalidad en los terrenos más difíciles de la vida y las situaciones más disparatadas inventando de paso personajes llenos de ironía y ternura. Hasta tal punto inventaba anécdotas y situaciones exagerándolas al máximo que se ha escrito un libro sobre él titulado “Las mil y una historias del Pericón de Cádiz”, que llevó a la escena José Luis Ortiz Nuevo. Pondremos un ejemplo de cómo contaba Pericón el accidente de la explosión de San Severiano:

Cuando llegó la onda a Antonio el de la Privaílla, se le quedó el gollete de una botella que tenía una vela mirando pa`bajo, sin partirse ni ná; en casa de los Melu las cortinas se quedaron cortás como si las hubieran cortao con unas tijeras; en la puerta donde explotaron las bombas a un marinero lo dejó como un papel de fumá, pegao a la paré y al otro no le pasó ná; a un chiquillo la onda lo llevó dando volteretas hasta la plaza de toros y cuando paró estaba vivo pero la onda lo había dejao encueros; por el puente de San Severiano iba un hombre montao en un borrico y la explosión se llevó la cabeza del borrico y al hombre no le pasó ná... Y no pasó más, gracias a las murallas de Puerta Tierra, que con el espesor tan grande que tienen no se rompieron y cuando llegó la onda, la desviaron pá los cielos, pá el firmamento y no pasó más”.


Más anécdotas:

Manuel Vallejo era muy devoto de la Semana Santa en general y del “Gran Poder” en particular. Pues en 1934, se encontraba en Madrid a punto de cruzar el Atlántico, ya que estaba contratado para grabar en América.
Era el Jueves Santo y Vallejo empezó a ponerse nervioso y comentar a quienes le acompañaban que sólo faltaba una hora para que la Macarena estuviera en la calle. Luego recordaba como podría estar la plaza de San Lorenzo con la salida del Gran Poder.
Al final, no puede más y les dice:
“¡Ea! Se acabó. Nos vamos a Sevilla, viajando toda la noche podremos estar allí por la mañana, al Gran Poder no me da tiempo a cantarle, pero a las doce estamos en la Macarena. Se acabó el contrato y si quieren denunciarme que lo hagan”.
Así era Vallejo.


Antiguamente muchos nombres artísticos se los ponían a los cantaores que empezaban artistas más veteranos. Pues bien,  según me contó Isabel Domínguez esposa de Pepe Marchena, así le pusieron el nombre de “Niño de Marchena”:  

Me decía mi suegra que cuando era pequeño José Tejada Martín, iba de pueblo en pueblo y con unos amigos se fue a Córdoba y después a Madrid, a casa de Juan el de La Bombilla, y le dijeron a Don Antonio Chacón:
—maestro, ahí hay un chaval que canta maravillosamente, se lo presentaron y le preguntó:
—¿Tú cómo te llamas?
—Yo, José Tejada
—¿Y qué más?
—Martín
—¿De dónde eres?
—Andaluz
—¿Pero andaluz de dónde?
—De Sevilla
—¿Pero del mismo Sevilla?
—No, de un pueblo.
—Pero hombre di de qué pueblo
—De Marchena
—El Niño de Marchena.

Y el Niño de Marchena, el Niño de Marchena y el Niño de Marchena  se le quedó,  y después, cuando yo iba con mi hijo, le decían la gente “Niño”, y él respondía: “no, yo soy Pepe Marchena, el niño es este”, señalando a su hijo. 

El propio Pepe Marchena también “bautizó” a otros artistas, como me siguió contando la anteriormente mencionada Isabel Domínguez: “Le presentaron a un chico de Málaga, y le dijeron:
- Mira Pepe, ahí hay un chico que te va a quitar el puesto, canta como tú.
- Preséntamelo.
- Y dicen: aquí Don José Tejada el Niño de Marchena, aquí Manolo Pendón,
- y dice Marchena: ¿Pendón?, ese nombre pa carteles no vale.
- ¿De dónde eres?
- De Málaga

Y entonces Pepe Marchena lo bautizó como Manolo El Malagueño, y Manolo El Malagueño se le quedó”.


Los nombres, sobrenombres y apodos artísticos son una fuente inagotable de curiosidades:

Rafael Romero explicó en la revista Candil, en un número de 1981, de dónde le vino su apodo artístico? Lo contaba de la siguiente manera:

“En Madrid, en aquellos años malos de después de la Guerra, canté aquello de La gallina papanata. Entonces, un marqués le dice a uno:
-Oye, ¿quién es ese?
Y el otro, como no sabía a quién se refería la pregunta que cual, que quién decía,
Y el marqués le dice:
-‘Ése, el gallina’. Y desde entonces… las cosas”.

A Rafael, explica Sánchez Bracho, no le gustó nunca el apodo fuera de aquellas reuniones íntimas, pero no pudo evitar que saliera de allí y se difundiera.


Agustín Castellón Campos, conocido como Sabicas, fue el gran maestro de la guitarra que impulsó su internalización. Pues bien, según contaba él mismo, el apodo de Sabicas procede de su pronunciación infantil de la palabra habas. Lo contaba así:

“De chiquito, aquí, en Madrid, mi mamá mandaba a la criada a la compra, y cuando venía yo metía la mano en la cesta y sacaba las habas y me las comía con cáscara y todo.
- Mi mamá me miraba: 'Pero, hijo mío, estás na más que con las habas. Te voy a poner habas, y habas, habas, habicas'.
- Y de las habas, la-s-habicas, me quedó Sabicas.”

            Así finalizamos esta primera aproximación a algunas anécdotas y curiosidades flamencas. Continuará…